(Escrito a 23/08/10, después de dos conversaciones
telefónicas y una noche entera casi sin dormir)
Gritar. Hoy es lo único que quiero hacer. Gritar que te confundes, que te equivocas conmigo. Gritar que la realidad es distinta de lo que había esperado. Gritar que hoy el mundo parece exento de amor y ternura. Gritar que el mundo de hoy, un mundo de sudor y deseo, no lo quiero. Que puede que sea cierto que en mi existan murallas, pero que esas murallas no se derriban a cañonazos porque, sí, asi abrirás un enorme agujero en ellas, pero quedarán más piedras en el suelo sobre las que construír una nueva. Solo seré capaz de darle todo lo que hay en mi a aquel que cuando me mire a los ojos lo haga con el brillo de la ternura que el mundo ha perdido, a aquel que haya sido capaz de descubrir el secreto de que mi muralla no es como la de los demás, a aquel que con la fuerza del amor verdadero, de la ilusión de cada nuevo día y con infinita paciencia haya descubierto que para echar abajo una muralla hace falta desmontarla piedra a piedra, asegurandose de que no se abran grietas o fisuras mientras todavía exista y evitando dejar piedra alguna que dé la suficiente estabilidad al suelo para levantar una nueva. Hoy por hoy mi muralla sigue intacta, a no ser por las grietas de dolor que alguien ha abierto por intentar destruírla como no debía.
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